YA HAS CAÍDO, CABRÓN
YA HAS CAÍDO, CABRÓN
Nos regalaron tres días sin
colegio porque había muerto Franco, yo tenía diez años y se me dibujó una sonrisa
de oreja a oreja que disgustó a la maestra porque dijo que no eran días de
fiesta sino de luto. La señorita Mari Carmen, se enfadó tanto que no me atreví
a preguntarle que significaba luto y nos mandaron a casa. Los alumnos bajamos
las escaleras del colegio, recién estrenado, como siempre en absoluto silencio
y con paso marcial y sincronizado, en dos filas, pegados unos a la pared y
otros al paso manos junto al hueco de la escalera, mientras que en los
descansillos nos vigilaban los maestros cariacontecidos, aunque algunos de
ellos extrañamente sonrientes en un velado gesto de complicidad que tardé años
en comprender.
Al llegar a casa, mi madre ya
había regresado del mercado semanal de todos los jueves y sobre la mesa de la
cocina y de manera ordenada estaban las verduras y frutas de temporada que ella
almacenaba en la nevera y en el armario de la galería. Dejé la cartera en la
silla del dormitorio que compartía con mi hermano, besé a mi madre que cantaba
por lo bajini. En casa llevábamos unos días en los que muchas cosas se hacían por
lo bajini, cantar, pero también escuchar la radio, reír, hablar, hasta mis
padres se abrazaban y se besaban por lo bajini. Esa situación para mí era
divertida, porque parecía que estábamos en misa, aunque en este caso nadie nos
regañaba por hablar, y cuando conté un chiste en voz baja la risa atronadora de
mi padre rompió el secreto de la casa en silencio. Antonio tenía una risa
ancha, capaz de ocupar toda la casa y más durante esos días. Justo cuando iba a
ponerme de nuevo el abrigo, para ir a jugar a la calle, entró mi padre en casa
respirando el alivio de la felicidad.
- ¡Ya está aquí el jefe!
Me agarró entre sus brazos y como
si fuera una cesta de verduras me levantó sin esfuerzo y me acercó a su cara.
Esos dos besos sonaron como el toque de un tambor que trae buenas noticias. Ese
día mi padre se había afeitado, olía a colonia, llevaba una boina tan limpia
como la mirada de un hombre de 55 años que vivía a 600 km de su pueblo donde ya
no le quedaba nadie, salvo algún muerto escondido del que siempre se hablaba
con admiración y respeto, pero en voz baja.
Le vi entrar en la cocina, fui
tras él. Se abrazó a mi madre, bajo los brazos hasta su cintura, la besó.
Canturreó algo y la meció en un baile del que Llanos se desurdió con habilidad
y cariño.
_ Ya se ha muerto el cabrón.
- Ojalá tenga tanta gloria como
paz deja.
- ¡Qué cojones gloria!, que arda
en el infierno.
- Antonio, es una manera de
hablar.
- A partir de ahora va a cambiar
hasta la manera de hablar.
A mis padres se les veía
contentos. Sin embargo, en la calle apenas había gente y eso que al ser jueves
el mercado semanal solía llenar Estella de vecinos y merindanos. En la placeta
ya estaban jugando a fútbol y me sumé a la chiquillería, preocupado porque no
se me pasara la hora. Mi padre había insistido en que a la una del mediodía nos
sentábamos a comer. Pasó el párroco de San Pedro a nuestro lado, repartió algún
pescozón como en él era costumbre y se marchó refunfuñando. Don Nicandro no
gustaba en mi casa, a mi madre porque decía que nunca tenía ni palabra ni gesto
ni acción amable, a mi padre porque no sé qué de una pistola por encima de la
sotana y a mi hermano y a mí por las ostias que repartía a los mocetes fuera de
la iglesia. En el barrio todos los chicos eran monaguillos, y cuando digo todos
eran todos menos los pastores, es decir menos mi hermano y yo. Mi padre nos lo
tenía prohibido con la aquiescencia de su mujer, que sin embargo era de misa
semanal.
Con la campanada del reloj de la
iglesia ya estaba en casa.
-
Lávate las manos, ordenó mi madre.
-
Las tengo limpias.
-
Qué te las laves.
-
Haz caso a tu madre.
Y con las manos limpias comimos
en la mesa de la cocina y con la radio puesta. Empezaron las noticias y Antonio
dijo que no quería oír ni el vuelo de una mosca. Todos callados.
Habló un señor al que no entendí
nada. Mi hermano y yo nos mirábamos, frente a mí el silencio sonriente del jefe
de la casa, a mi derecha mi madre que siempre que podía acariciaba mi mano y
mis ojos con su sonrisa, en la siniestra mi hermano que comía con delectación,
a diferencia de yo que no comía de nada.
Mi madre rompió el silencio:
-
¿De qué habrá muerto?
-
Estos médicos hablan para que no se les entienda,
aseveró su marido para añadir a continuación:
-
Eso de trastornos en la conducción intraventricular
que cojones será, como lo de hipotensión arterial.
Intervino de nuevo Llanos y nos
reímos cuando aseguró que ella debía de tener algo parecido porque lo de hipotensión
arterial debía de ser algo parecido a la hipertensión que ella sufría desde
hace tiempo.
-
Tranquila, mujer. Tú de eso no te vas a morir.
Este se ha muerto por hijo de puta.
-
Antonio, ¡los niños!
-
Los niños ya son mayores y tienen que saber que
las cosas son como son, y para eso estamos los padres para enseñarles la vida.
Antoñito y yo nos miramos sorprendidos
y en ese instante noté que ya era mayor, así abruptamente. Me acababa de
importar la vida, y necesitaba saber cómo era, mirarla a los ojos desde la
altura capaz que acababa de alcanzar y vencer el vértigo de los viejos miedos.
De aquella secuencia recuerdo con
viveza y alegría la sobremesa del día siguiente. Nada más terminar las natillas
con galletas María del postre, mi padre dijo que se iba a la tele y se fue con
el café entre las manos, acercó uno de los sillones del tresillo a la gran mesa
del cuarto de estar, sacó una botella de coñac del armario, se acomodó la boina
y puso el parte. Así empezó el espectáculo. Empujé el otro sillón y me senté
junto a él con mi vaso de leche en el que mi madre había batido una yema de huevo
y alegrado con un chorro de quina. Ese ponche equilibraba mi alimentación, creo
que aquello a la vez que me salvó la vida me echó a perder.
En la pantalla se retransmitía la
capilla ardiente del dictador y un desfile interminable de gente llorando,
apesadumbrada y triste. Tanta pena y tanta murria contrastaba con el regocijo
paterno. Enseguida llegó mi madre que tomó una silla, se sentó como siempre en
el filo y con la punta del delantal se secó las manos. Había fregado en tiempo récord,
ese día le tocaba a mi hermano recoger el friegue.
Cuando en la tele aparecía un
cura, mi padre decía:
-
Míralo que gordo está, claro como no ha
trabajado nunca.
-
Antonio, bastante sabes tú si ha trabajado ese
hombre, contestaba su mujer.
-
No hay más que verlo, ese no ha dado un palo al
agua en su vida.
De repente alguien se plantaba
ante el féretro y hacía un saludo militar.
-Seguro que ese es un
pistolero.
Yo me imaginaba a Lee Van Cleef
en Solo ante el peligro, y no se parecían en nada.
-Pobre
hombre, ¿Qué te habrá hecho a ti?
-A
mí nada, pero no hay más que verlo.
De repente la cámara dejaba sola
en el centro la imagen del muerto.
-
Ya has caído, cabrón, ya has caído. La madre que
te …
-
Marido, déjalo ya que está el hombre muerto.
-
Antes se tendría que haber muerto, puta momia, o
mejor no tendría que haber nacido.
Y poco a poco la botella de coñac
iba temblando. Aquella fue la primera y única vez que vi a mi padre influido
por el alcohol. No diré que se emborracho, porque no perdió en ningún momento
ni su compostura, ni el equilibrio, ni la razón. Tampoco gritó, salvo cuando la
República era un viva de felicitación que todos coreábamos. Dijo varias veces
no sé qué de que la tercera vendría pronto. Cuando ya había anochecido quitó la
tele, apartó los sillones, sacó el tocadiscos e hizo sonar el vals de Johan
Strauss hijo, titulado Sangre vienesa. Mi padre bailaba muy bien, tenía tanta
gracia y soltura que parecía imposible que un ritmo tan ceremonioso, aristocrático
y burgués como el vals surgiera de las venas de un manchego marxista,
republicano, proletario y tan lleno de gozo.
Yo me di cuenta de que estaba a
punto de nevar. Ahora sé que cuando la nieve se acerca ocurre en Estella un
fenómeno de expectación muy ceremonioso. Todo queda envuelto en el limpio papel
del silencio, hasta el agua de las campanas queda ensordecida, la vieja ciudad
ralentiza su milenario ritmo y la profunda respiración del asombro se contiene
en un suspiro. El reverente silencio es entonces un viejo pregón, un
ceremonioso rezo natural que anuncia el inveterado milagro blanco. Entonces
sólo queda una expectativa de lentitud y blanca elegancia, la novia o la nieve.
Aquella tarde mi madre era la novia, mientras que en la calle era la nieve
quien se dejaba llevar por los brazos de mi padre a ritmo de vals. Desde
entonces siempre que nieva escucho esa música y veo la sonrisa silenciosa del
viejo republicano que hoy es tan feliz como entonces junto al amor de su vida y
la esperanza.

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